Wednesday, October 18, 2006

28 de octubre de 2004

El diamante.

No, no. No se trata de haber dilatado más de lo estrictamente necesario este embarazo de translucidez mental. Cada cosa lleva su tiempo, pero a veces una tiene la sensación de haber necesitado acumular los trasiegos de mil existencias para alcanzar a distinguir la situación exacta del único púlpito donde es posible hacer coincidir en un solo halo de luz las personas de lector y oyente. Hasta el mismo momento en que, en la misma densa opacidad en la que los niños graban sus destinos de cristal en una promesa consagrada al único Dios verdadero, sorprendemos el sonido prístino de nuestra propia voz en el proceso de tejer los hilos de oro que cubrirán el cuerpo de la Gran Criatura Universal; hasta entonces, hemos de haberles dejado pensar a los hechiceros del tiempo que han triunfado en su empeño de mantenernos absortos en la ponderación de los diferentes tempos digestivos en que solemos medir la danza macabra de esa cadena de amaneceres a que reducimos nuestra vida.

Abro los ojos. Es el usual adagio de una sinfonía de espasmos que pervierten su sagrada singularidad en el olvido del dolor que constituye su naturaleza impulsiva, y el abandono en una estupefaciente laxitud colorista que, sólo por no ser sustancial, podemos transfigurar en hábito. Pero hoy, en este simple acto reflexivo, se ha filtrado una evocadora reverberación que ha descentrado mi atención de la luz que orienta mis culebreos cotidianos y me los representa como progresos, definitivos y perfectamente conscientes, en la consecución del punto más codiciado de un recorrido siempre proyectado hacia delante.

Hoy, el primer contacto de mis ojos desnudos con la oscuridad de mi habitación ha saludado con una sonrisa cómplice e inconcebible a una facción de mi arsenal de motivaciones que hasta ahora me había pasado desapercibida. No existe lo que no podemos nombrar, y no podemos nombrar aquello sobre lo que ningún tipo de claridad ha sido jamás arrojada. Pero, lo que la lucidez tiene la gracia de ofrecer a tus ojos por primera vez, ante ellos surge de un modo tan inmediato que pueden, aun de un modo muy difuso, oír, y oler y tocar y saborear y pensar y sentir lo que de otro modo sólo podrían ver. Por ello, por ese desconcierto inicial, he sido incapaz de percatarme de que, en efecto, algo absolutamente decisivo e irrepetible estaba teniendo lugar delante de mis propias narices. Así que, del mismo modo en que nació, aquel acontecimiento extraordinario volvió a sumirse en las acogedoras tinieblas de cuyo reflejo, años luz después, pude extraer la necesaria dosis de normalidad con que desarrollar beatíficamente mi solitario desayuno.

El resto del día lo he pasado con una irritante sensación de anomalía que sólo encontró consuelo en la afortunada coincidencia del arrullo fronterizo de Brian Wilson (With me, tonight, I know you're with me tonight) con el apetito distraído de un desconocido que tuvo la idea exquisita de satisfacer al tiempo su propia sensibilidad y la de mi agradecido olfato pelando una naranja justo detrás de mí, en el autobús que me llevaba al trabajo. A esa saludable zambullida somática se sucedieron una fatigosa serie de intentos por volver a encontrar naturales las categorizaciones que hasta entonces (salvo excepcionales lapsus que, en determinados momentos de mi vida, llegaron a durar años) me habían servido perfectamente para hacer inteligibles mis acometidas al mundo. Categorías; esos cubiertos de plata de que se sirve nuestro instinto de supervivencia para no tener que pringarnos los dedos cogiendo según qué cosas.

Es en esos extraños momentos cuando los demás, todos los demás, se empeñan en buscar interpretaciones tan asombrosamente poco audaces como concluyentes de las diferentes expresiones que esa sensación de absurdo tiene la descortesía de imprimir en mi rostro y que es la responsable directa de ir convirtiendo en perennes las imperceptibles arrugas cuya aparición prefieren achacar al mero transcurrir del tiempo.

Entonces, aquellos a quienes permito tal atrevimiento, insisten en querer saber a qué se debe ESA cara en particular con la que, de modo totalmente inconsciente por mi parte, les obsequio (cara que suele ir acompañada de un mutismo del que también pretenden sondear sus motivos, no faltaba más). A lo que yo podría responder dando fiel cuenta de todo lo acontecido desde el mismo momento en que mis párpados dieron por finalizado su abrazo nocturno y, pendida del hilo que me hacía oscilar entre la certeza de lo asumido y la esperanza de lo inverosímil, me dejaba finalmente caer del lado en el que las preguntas nacen de la confluencia de las almas y dejan a su paso un aroma a nardos y sangre caliente.

Pero sé que tal respuesta no satisfaría a ninguno de los que se toman la molestia de preocuparse por mi semblante, así que me limito a aclarar que tengo un mal día. Un mal día... Curioso modo de describir el efecto que un eterno instante infinitesimal contra el que mis argucias habituales no han sabido prevenirme, ha recompensado tantos años de ensayos generales y bailes de trompón. Porque, al final, la mayoría de nosotros, yo también, preferimos perder la oportunidad de pasar por encima del tormento y contemplar el magnífico panorama del que él mismo tan sólo constituye el umbral, antes de tener que enderezar los muñones y buscar un nuevo paréntesis, tal vez no tan acogedor, en el que guarecernos de los imprevistos. Más vale concentrarse en la música de las contracciones y no perder el hilo de oro que habrá de cubrir el cuerpo de la Gran Criatura Universal.

No vaya a suceder que nadie sepa comprendernos y nos quedemos definitivamente solos...

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